
Domingo, atardecer casi veraniego, todavía golpea el dolor en la cabeza, poca noche para lo que usualmente hago y los vestigios del pasado me hacen recordar quien soy, el porque y donde estoy hoy.
Uno con el tiempo va tomando conciencia y deja atrás esos malestares que ayer lo dejaban sin aire, y toma las cosas con una madurez ligera, porque en realidad nunca fui totalmente maduro, hoy mucho mas que ayer, y mañana mas que hoy.
Todo eso, se, que es parte de la vida, una vida que nunca me fue fácil de enfrentar, desde la separación de mis padres hasta hoy, fueron varios los hechos, para llegar a pensar de esta forma.
Recuerdo cuando tenia 7 u 8 años y la situación de mis padres ya estaba encaminada a destruirse, yo en el medio veía como esa relación que alguna vez llego a ser feliz, se desmoronaba día a día, esa imagen familiar que alguna dibuje en aquel cuaderno del colegio, se caía en pedazos, lógicamente mis palabras nunca sirvieron de nada, hasta creo que me ignoraron.
Pasaron varias semanas en las que aunque no entendía el porque de todo eso, sábados en el cual mi viejo se hacia una visita “fugaz”, digo “fugaz” porque aunque la tarde sea larga, quien no quiere pasar un día entero con su padre, jugando a la pelota en la plaza del barrio?
Y sabia que si el sol se iba cayendo, el tiempo se acortaba y todo llegaba hasta su fin, al caer la noche, por lo menos para aquel niño de 7 u 8 años, y como cada sábado, la noche estaba ahí y lo que me hacia feliz me decía “chau”…
Hay una imagen que nunca voy a olvidar, y es la de ese nene llorando a “baldazos” en un rincón de la casa, la noche y ese doloroso “chau”.
La madurez es parte de esos hechos, no por nada cito esos momentos, este momento y muchos de los que vendrán.
Hechos no muy diferentes.
M. R.